Por primera vez fue electo un papa nacido en América Latina, el continente con más católicos del mundo, rompiendo con una tradición milenaria donde siempre la principal autoridad de la Iglesia era europea. Por otro lado, el ahora Francisco pertenece a la orden de los jesuitas, asociada a una prédica humanista y largo tiempo excluida de los espacios de poder del Vaticano, por lo que su elección es también inédita. Aunque aún no se conocen sus razones, la misma predilección por el nombre Francisco remite a la figura de San Francisco de Asís, un rebelde de otros tiempos que es identificado con el desprendimiento material, el compromiso con los desposeídos y la consecuencia de los dichos con los hechos. Estos cambios generan expectativas en la comunidad de católicos, que perciben cotidianamente la distancia que existe entre sus necesidades y las decisiones del Vaticano y de las jerarquías eclesiásticas.
Dicho esto, hay que agregar que Nuestra América cuenta con una fuerte tradición de compromiso cristiano con los más pobres y excluidos, entre los que se cuentan numerosos mártires populares como el Padre Mugica. Esa tradición representó históricamente y todavía representa una de las más fuertes influencias hacia el cambio social para nuestros pueblos, como puede percibirse actualmente en la Revolución Bolivariana. Sin embargo es necesario afirmar que las actuales jerarquías de la Iglesia están muy lejos de esas experiencias y en particular la cúpula de la Iglesia argentina proviene de una activa complicidad con el terrorismo de Estado, a tal punto que incluso ha comenzado a verse implicada en los juicios y en sus condenas.
Jorge Bergoglio fue una de las principales cabezas de la Iglesia argentina en las últimas décadas, lo que impide aislarlo de la nefasta práctica de las jerarquías de esa institución. De hecho, existen testimonios que lo asocian personalmente al terrorismo de Estado. Por otro lado, ante la sanción de distintas leyes que nosotros consideramos avances en los derechos democráticos y sociales como la Ley de matrimonio igualitario, Bergoglio demostró una oposición tajante y conservadora, en los hechos guiando a las variantes más reaccionarias del catolicismo aunque él mismo no pueda contarse como perteneciente a ninguna de de ellas. El respeto por los sentimientos religiosos de nuestro pueblo no contradice nuestra pelea por un Estado laico que se encuentre rigurosamente separado de la Iglesia.
En el caso de la lucha del movimiento de mujeres por lograr el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, su oposición también fue absoluta, demostrando nuevamente una gran insensibilidad ante el drama de las centenares de mujeres que mueren año tras año en nuestro país producto de las prácticas de abortos clandestinos. Incluso llegó a considerar “lamentable” el reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia que reglamenta los casos de aborto no punible legislados desde 1921. En este sentido, para quienes venimos luchando hace años por lograr este derecho, la asunción de Bergoglio nos llena de preocupación y nos desafía a redoblar la apuesta para poder garantizar la salud y la vida de miles de mujeres pobres en nuestra patria.
Los y las militantes de Marea Popular, diversos por las distintas creencias que cada uno de nosotros sostiene, estamos unidos por una fe compartida en nuestro pueblo y en la humanidad toda. En ella nos apoyamos para construir todos los días, junto a los creyentes de todas las religiones y a los ateos y agnósticos, el camino para la afirmación de una vida digna para las mayorías explotadas y oprimidas de nuestra tierra.
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